jueves, 20 de junio de 2013

2.- Génesis

...Todo estaba oscuro. No había luz alguna. Todo era sombras infinitas hasta donde alcanzaba la vista. Sin brillo, sin luz, sin el más mínimo resplandor, sin color. Estaba helando. Había una sensación de frío, y una espesa niebla blanca, que calaba los huesos, se apoderaba del lugar junto con un silencio de ultratumba.
Un escalofrío recorrió la espalda del lobo rubio que yacía despojado de sus ropajes mientras caminaba  por aquel oscuro y desolado páramo sin encontrar su camino. Temeroso, se sentía aterrado por la sensación de soledad.  Se abrazaba a si mismo por el torso, intentando mantener inútilmente el calor corporal, sin embargo, el frió se volvía más y más intenso por momentos, haciendo que con sus exhalaciones se produjera un vaho por lo cálido de su aliento. Los únicos sonidos que se lograban oír, a duras penas, eran el sonido de sus pasos, y el de su cuerpo al temblar violentamente por el frió. 
Finalmente, aquel lobo acabó por ceder ante el pánico y la histeria, y empezó a correr contra la nada, con el único deseo de salir de ahí cuando antes. No había nada realmente amenazante ahí. Para ser concretos, no había nada. Sólo se trataba de un miedo irracional a ser asfixiado por aquella siniestra soledad que ahí residía. O tal vez no..

Más allá de toda aquella oscuridad, más allá de aquel intenso frió y aquella densa bruma blanca, había algo. Algo que no podía ser descrito con palabras. Simplemente, algo oscuro, tenebroso, y lleno de una lóbrega fuerza, pero no tenía una forma específica, no se parecía a nada con lo que pudiésemos compararlo. Simplemente era algo. Y ese "algo", era algo malévolo, vil, perverso y taimado, que amenazaba con salirse de control y devastar todo cuanto estuviese a su alcance. 

Y aquel joven lobo que se precipitaba contra aquella intensa calígine vuelto un esclavo del pavor, sabía que ese "algo" existía. Que estaba ahí. Y que amenazaba con destruirle. Tenía que huir. Tenía que encontrar una salida a aquel lugar que lo apresaba junto con aquel "algo" que pretendía destrozarlo. 

Y de la nada, un sórdido grito rasgó de manera impetuosa el silencio del lugar... Y con el mismo, el páramo cambió...

Aquella oscuridad se volvió, repentinamente, un espléndido huerto lleno de toda clase de plantas con frutos y flores, árboles floridos y una infinita tierra verde hasta el horizonte, únicamente delimitada por las caudales de un río dividido en cuatro. Se escuchaba el suave silbido de la briza que agitaba las hojas de los árboles, que dejaban que éstas fueran arrastradas por el viento hasta el cielo infinito, y de una manera similar, la fragancia de todas las clases de flores era también arrastrada por la corriente, mezclándose en una sola, pura y eterna, que llenaba aquel huerto con aquel suave y profundo aroma floral de manera invisible bajo el brillo dorado del sol en el profundo cielo azul, moteado por unas nubes tan blancas como la nieve.
En una palabra, todo aquello era un paraíso, más correcto sería decir, que aquel lugar era un edén.

Y ahí estaba ese lobo. En medio de todo aquel jardín, donde se hallaban dos enormes arboles, frondosos, con frutos dorados. Lo había logrado. Ya no estaba preso en aquel lugar donde aquel "algo" estaba a punto de matarlo. Ya no más miedo ni temor. 
Aliviado, soltó un suspiro reparador y se sentó entre las hojas del pasto, esperando a que los cálidos rayos del sol calentaran su rubio pelaje, helado por la gélida niebla. Se sentía agradable estar en aquel lugar. Aspiró y logró detectar la sutil y al mismo tiempo poderosa fragancia de las flores, mientras se dejaba acariciar el rostro por la suave briza que jugaba con sus cabellos.

Y de la nada, él mismo escuchó un sonido de un crujido a sus espaldas. 

Se levantó, de manera precaria, con una ligera mella de lo que acababa de suceder en aquel páramo lleno de sombras, y se volteó a sus espaldas a ver que sucedía. En un principió no vio a nadie, pero sabía que había alguien más ahí. Sus sentidos se lo indicaban. No era como aquella presencia oscura que lo había estado persiguiendo, en cambio, era una presencia normal, como la de cualquier otro ser como él, y era casi familiar. Él la conocía, de eso no tenía dudas, pero, sin embargo, no podía reconocerla. Frunció leve el ceño al no poder reconocer de quien se trataba, así que decidió acercarse a ver quien era.  Con cautela, rodeó el tronco del gran árbol que estaba frente a él, del cual, cuyas ramas colgaban unas radiantes y maravillosas manzanas doradas, que, de igual manera, él conocía, sin embargo, no lograba recordar de donde ni cuando. Finalmente, al terminar de rodear el árbol, encontró a aquella persona que estaba al otro lado, y se quedó helado al verlo. Era él. Él mismo, casi como si se encontrara frente a un espejo, pero no había espejo alguno, ahí estaban los dos. 

Uno escondido a un costado del árbol observándolo.

Y el otro, con uno de aquellos frutos dorados en mano, mirándolo fijamente, indeciso si morderlo o no. 

Entonces él lo recordó. Recordó a que se debía todo aquello, y como terminaría todo. Profirió un grito atroz y se abalanzó contra su otro yo, el que tenía la manzana, queriendo evitar que comiera de ella.

Pero ya era tarde...

De la mano del lobo rubio cayó la manzana dorada, la cual, tenía las marcas de los incisivos del lobo luego de que estas arrancaran parte de su jugosa pulpa. Y espontáneamente, todo se puso negro...

No negro como aquel páramo de sombras. Sino negro como en el momento en el que te desmayas y un instante después despiertas en otro lugar totalmente diferente. Y así fue. 

Al abrir los ojos, aquel lobo rubio ya no se encontraba sobre aquel otro al que se le había lanzado en un intento de que dejara la manzana, sino que, se encontraba en lo podríamos decir que era el Cielo... Pero no era ese Cielo que todos conocemos, sino, era un lugar oscuro y sombrío. Las blancas nubes ahora eran nubarrones oscuros cargados de rayos, el cielo azul se había convertido en una bóveda de colores rojizos y oscuros, había sombras por doquier, el viento soplaba consigo una gélida briza oscura, había por todas partes ángeles que luchaban a espada y escudo contra hordas de violentas criaturas quiméricas que arrasaban con todo a su paso. La calma de aquel lugar se había esfumado, todo era caos y confusión, sangre y muerte, dolor y sombras.
Y en la cumbre de todo, en la atalaya de uno de los derruidos palacios de aquel lugar invadido por quimeras, se encontraba él. Y no él mismo, sino aquel lobo rubio que había mordido el fruto dorado, y que ahora, no era más que un animal salvaje, implacable, inicuo y violento, que había perdido toda razón de ser, y no pensaba en nada más que en provocar aflicción y aniquilamiento tras su paso. Se había convertido en lo que aquel "algo" era. O no. No se había convertido en nada. Más bien, ese "algo" había corrompido en su interior, volviéndose uno con el, una misma persona, un mismo ser, cuyo único deseo era ver sangre corriendo a borbotones.

Entonces se vio, y no a él mismo, sino al que ahora era un animal salvaje, en la cumbre de la atalaya y se dio cuenta de que en sus brazos, llevaba el cuerpo ensangrentado de una joven loba de largos cabellos blancos y pelaje negro. Aquel lobo salvaje la observaba con una mirada devoradora, como si en cualquier segundo fuese a engullirla con los colmillos por delante, pero, antes de ello, mientras sostenía el cuerpo inerte de la loba con un brazo por la espalda, le acercó la mano libre al pecho, en la cual, yacían en la punta de los dedos unas largas garras negras, brillantes como el azabache, y al enterrar sus garras en el pecho de la loba, lentamente sustrajo del interior del cuerpo de la chica, el órgano vital: el corazón, y sin pensarlo dos veces, aquel animal salvaje se manducó el órgano entero con la misma naturalidad con la que había mordido con anterioridad la manzana dorada...

...Y despertó...

Se encontraba tendido en el suelo, en su habitación del palacio de plata, apoyado a un costado de la cama, respirando de manera agitada, bañado en un sudor frío, mordiéndose el labio inferior con fuerza tratando de sofocar sus pensamientos, mientras un hilo de sangre corría por la comisura de los labios hasta la barbilla y se clavaba las garras en las sienes en un desesperado intento de volver a la realidad. Y funcionó. Logró despertar de aquella pesadilla. Y al abrir los ojos, se vio a sí mismo en la habitación en la cual se había acostado la noche anterior, pero esta, estaba derruida, tal como si un terremoto la hubiese devastado, sin embargo, esto no lo había causado un terremoto. Lo había causado él mismo. De manera inconsciente mientras dormía. En sus sueños...

1 comentario:

  1. Bastante intrigante e-eU,pero me gusta :D

    Me preguntaba si quisieras ver mi blog,aceptamos personajes

    Holi,me gusta mucho tu blog,es super interesante,me preguntaba si quiesieras ver el mio c:

    se aceptan personajes

    http://skysofoxtrl.blogspot.com/

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